Cuando tenía aproximadamente ocho años, recuerdo una noche en la que mi padre trajo a mi casa una gran cartulina blanca para que yo dibujara en ella la casa de sus sueños. Fue un gesto inusual encargarle a un niñito tan pequeño una tarea tan importante, pero creo mi padre, con su sabiduría acumulada a lo largo de los años, pensó que un niñito apasionado por el dibujo podía plasmar mejor que nadie sus ideas, por más peculiares que fueran. Cada detalle de lo que mi padre me pidió que diseñara en esa cartulina blanca sigue fresco en mi mente hasta hoy. La casa debía ser amplia, con dos niveles conectados por una hermosa escalera circular en el interior. También debía tener techos altos, tragaluces y una gran terraza que rodeara la casa, donde los futuros nietos pudieran corretear y saltar. Además, los jardines colgantes llenos de flores debían adornar el balcón. Desafortunadamente, aquel plano nunca se hizo realidad. El maestro de obra le dijo a mi papá que era imposible de construir y,...
Reflexiones sobre sociedad, arte y cultura.